Referendum u oportunidad

Qui si varrà nostra nobilitate I

Bien, ya tenemos el escenario preparado. Muy libres por supuesto de considerar que no es un escenario que nos guste y seguir actuando dentro los marcos en los que nos consideremos más a gusto o, mejor aun, no actuar en absoluto.

Sin embargo mi humilde, aunque prolongada, experiencia (es lo que tiene hacerse mayores), me asegura que raras veces los escenarios son los que un aspirante a revolucionario o rebelde desearía. En general, casi siempre, siempre la persona u organización que quiera cambiar las cosas no tiene más remedio que medirse con la realidad. Con “lo que hay”.

Y aquí y ahora tenemos un estado, el español, perfectamente adaptado a las exigencias del capitalismo moderno (empezando por la agilidad en el trasvase de los recursos públicos a cuentas privadas) pero del todo inadecuado para una práctica, ni que sea formal, de democracia. Un estado que en el contexto de Europa Occidental destaca por el continuismo que se da entre todo su aparato institucional y sus clases dominantes y privilegiadas con el no-pasado régimen franquista.

No es un asunto baladí. Lo es tan poco que incluso sectores de las burguesías españolas y catalanas hace años que ven necesaria una buena operación de limpieza de imagen.

Pero el estado español es como el macho ibérico: muy estado y mucho estado y lo de la estética y el lifting los ve como mariconadas y por ahí sí que no pasa.

Así pues se cepillan el estatuto de Catalunya, miman ejército, guardia civil, legión y conferencia episcopal, dejan a los señoritos que campen a sus anchas en cotos de caza y parquets del Ibex 35, se codean con las peores monarquías, conservan por sea caso bien lubricado el tribunal especial de orden público, hacen leyes contra tuiteros y a favor de majaderos (de altos vuelos).

De paso, con la participación entusiasta de sus aliados regionales (véase Felips Puigs i CiU, antes Boades i pesecistas), acaban a porrazos con 15 M y otras manifestaciones de los hippies que se habían creído lo de que sin violencia se puede hacer toda clase de propuesta política.

Y así, entre unas hostias, unas privatizaciones (con el corolario de un consumo masivo de sobres) y unos desplantes a los ex aliados regionales, el régimen del 78 (continuación del 39) se ha mantenido hasta hoy.

Podemos y todos los que interpretaron de forma tan curiosa el eslogan de las plazas “nadie nos representa” hicieron su bonita y mediatizada irrupción en las instituciones, donde se han instalado aportando su buena voluntad regeneradora a un sistema que no quiere ser regenerado. Las clases populares más combativas, encorsetadas por un sindicalismo amarillo, una policía azul, una magistratura negra y gobiernos/patronal pardos, levantan aquí y allá focos de resistencia, rápidamente aislados, criminalizados y reprimidos.

Los municipios del cambio se dedican a una, a veces muy bonita, actividad de escenificación democrática que por desgracia no se traduce ni en la capacidad de enfrontar con estándares europeos  temas como el de la contaminación atmosférica (y ya no digamos influir en los mecanismos de producción y reproducción capitalista).

En fin, que en este marco se plantea el pulso entre instituciones catalanas regionales y españolas estatales. Bueno, así es como lo presenta todo el mundo, desde CiU (y sus acólitos de prensa) hasta Ciudadanos (y sus ídems) pasando por Comunes y Comunas, obviando el pequeño detalle de la millonada de personas que llevan años manifestando, organizándose, exigiendo poder decidir si empezar de nuevo con una república catalana o seguir aguantando a base de parches y vendajes el podrido galeón de la invencible armada – estado español.

República catalana a construir de nuevo… no suena a reto apasionante para quien  crea en la necesidad imperiosa de transformar este mundo de mierda en que vivimos?

Las élites españolas y catalanas no quieren ni oír hablar del tema, obviamente, ya están bien así. También hay clases medias que juegan la carta para salir del paso, pero que en realidad aspiran a tener lo mismo que ahora (policías, tribunales, cárceles, amos y paraísos fiscales) pero cambiando el NIE.

Ello es absolutamente normal, desde siempre ha habido clases dominantes que luchan contra los cambios o que los apoyan para que nada en realidad cambie.

Lo que no es nada normal es el empecinamiento que tienen algunos/as ex compañeros/as anticapitalistas en analizar (mejor dicho, aceptar el análisis hegemònico) todo lo que está pasando como una lucha entre legalidades (además apostando de facto por la más reaccionaria, la establecida), obviando el protagonismo real y sobretodo potencial de la sociedad en el desarrollo de los acontecimientos.

Una política transformadora, hoy y aquí, no puede decentemente difundir la idea de la participación ciudadana como elemento de presión a los “profesionales”. Silenciando la existencia de otra participación, la real, la que decide, la que crea instituciones populares, de poder popular.

No acuso a los comunes por no participar en un proyecto que no comparten, si por ningunear el papel activo i protagonista que en situaciones de crisis puede tener – ha d etener –  la sociedad civil con sus clases populares.

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